Viaje Erasmus Andalucía 2018

Ha pasado ya más de un mes que hemos vuelto de aquella travesía a las tierras lejanas del sur y todavía su calor agita las células de los 55 viajeros intrépidos que se aventuraron a los riesgos y peligros de aquellas 10 primeras horas de viaje. ¿Se pasará esta sensación en algún momento? ¿Se le habrá pasado ya la resaca al francés que sucumbió a las dificultades del viaje abrazado a una botella del amargo vino de su tierra? Estas preguntas son las únicas que nos queda tras una experiencia tan trascendental para todos los que sobrevivimos a ella.

La oscura noche de los horrores terminó cuando el alba comenzó a dibujar los contornos de la deslumbrante mezquita de córdoba y, a sus pies, la taberna que repondría nuestras fuerzas y ánimos para comenzar la travesía. Carmen, nuestra organizadora con más experiencia en el extraño lenguaje que hablan los diferentes pueblos del sur, muy pronto logró entenderse con ellos y a los pocos segundos ya estaba tomando las comandas de café y bollo de todos los participantes. Si le hubiésemos dado cinco minutos más no nos queda duda de que se habría puesto el delantal y la veríamos detrás de la barra cocinando tostadas e intercambiando chascarrillos con los feligreses habituales en el lugar.

Por suerte, con las fuerzas repuestas y el hype por las nubes, abandonamos aquella tasca para cruzar el puente que nos dirigiría a nuestro primer destino. La Mezquita de Córdoba en la que, pese a las vicisitudes a las que tuvimos que hacer frente con los guardias que se oponían a nuestra visita de alabanza y enriquecimiento personal, pudimos hacer los correspondientes selfies necesarios y Natalia nos ayudó a descifrar los extraños cánticos que inundaban su atmósfera cosmopolita. Tras la visita, Alex nos dio un paseo aleatorio por la ciudad de Córdoba con su afamada técnica de “la segunda a la derecha y luego a la izquierda”, que desembocó, después de muchos rodeos y encuentros inesperados, en el Alcázar de los Reyes Cristianos y sus maravillosos jardines.

Difícil de creer es que con semejante majestuosidad a nuestros pies ninguno quisiese eregirse morador de aquella ciudad y todos decidiesen volver al bus rumbo de nuestra siguiente parada de culto, Sevilla. A nuestra llegada nos esperaba un fantástico hostal bañado con los rayos del sol del medio día que, como cánticos de sirenas, nos atrajeron hacia ellos en la terraza de la azotea donde todos pudimos disfrutar la typical spanish paella con sangría que tanto gusta en este tipo de peregrinaciones.

Por la tarde, pudimos dar rienda suelta a nuestro postureo, recorriendo las orillas del Guadalquivir, un overview fascinante de la Ciudad a la que nos adentraríamos la mañana siguiente. La noche caía y eso sólo podía significar una cosa, tablao flamenco. Un momento perfecto para intercambiar culturas, idiomas y sobre todo sangría. Tras el show, nos dirigimos a Monasterio, parada clave de nuestra travesía en busca de los lugares sacrosantos de la cultura donde la mayoría de nuestros aventureros se soltaron la melena y movieron el esqueleto al ritmo de la barra libre de cerveza que nos ofrecía el dueño del local. De aquella noche quedan algunas incógnitas, pero quizá la más inquietante de todas sea si alguno de nuestros viajeros habrá dejado su semilla y nunca mejor dicho, creciendo en alguna familia Sevillana.

A la mañana siguiente un desayuno contundente para iniciar la aproximación a los Reales Alcázares de Sevilla con un tiempo que ya habría querido Colón durante cualquiera de sus expediciones. Aquellos parajes no solo inundaron nuestros perfiles de Instagram sino también nuestras retinas y tras ellos, tiempo libre para comer.

La comida nos esperaba o, mejor dicho, en el caso de los organizadores, nosotros tuvimos que esperarla a ella. Las tapas sevillanas no tienen nada que envidiar a cualquier experiencia sacrílega que cualquiera pueda tener en las sombras de una alcoba oscura pero quizás lo más oscuro todavía estaba por llegar.

El Thunder se apoderó de la mitad de los organizadores vestido de Provin Trip al llegar a la Plaza de España, y a partir de ese momento todo son tinieblas, hubo rebujito y pizzas para cenar, pero la logística de los mismos siempre será un misterio. Quizá Sara y Dani, nuestros organizadores más sensatos, puedan arrojar algo de luz a esta oscura noche, solo quizá.

A la mañana siguiente llenos de expectación y resaca, el bus nos dejó al pie de la Alhambra, (la ciudad palatina, no la cerveza) con un plato de unos manjares dignos de un Duque e incluso un Rey. Muchos hasta pudieron repetir y la visita fue maravillosa. Por la noche cada cual pudo explorar a sus anchas todos los pecados que el último reducto musulmán tenía que ofrecerles y, a la mañana siguiente, muchos vieron amanecer desde el mirador de San Nicolás.

Última comida rápida, gritos, lloros, maletas que no cierran y el viaje se acaba. Vuelta a un bus que si incómodo nunca nos dejó tirados pese a que muchos así lo habríamos deseado solo por la oportunidad de perdernos unos cuantos días más por aquellas calles, ciudades, culturas que si en otro tiempo nos eran desconocidas, ahora formaban parte de nuestra vida.

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